Escritura Nómada

enunciación sin templo fijo

jueves 26 de noviembre de 2009

A dos mujeres que han muerto reciente

Aún no puedo comprender el complejo de almirante de mi gata que, cual ave de pirata cojo, escala desde el suelo para posar en mi hombro. Creo que el agua le disgusta poco y que prefiere dormir boca arriba. Quizá sea que el oceano la atrae desde lejos, a fin de cuentas es carmelita.

Todo empezó con la muerte de la abuela a diez cuadras del mar donde agonizó durante dos menguantes sin poder mirar las olas. Esperaba a su último hijo vivo, favorito quizá desde niño cuando ni entonces se dejaba mandar. Digamos que era demasíado consecuente como para reprocharle algo. El hijo llegó y al salir por el cura que habría de darle su última indulgencia, murió la madre a las ochenta y ocho, número que no es del diablo pero que lo mismo resulta atractivo. La gata había nacido quizá unas semanas atrás esperando en su jaula la liberación y yo, gustosa de hablar con los muertos aunque nunca pueda verlos, esperaba la rebelación de una nueva reveldía.

El menguante anterior había sido trágico para muchos. No se diga más de la muerte en serie como exprsión del genocidio de una sociedad inconsciente: violencia de género, vindicaciones del comercio de la droga, avionazos, puñaladas, cánceres, y lo que se lo ocurra. Genocidio de despidos en la ciudad, vaya lucha para el sindicalismo menguante así mismo, y por si fuera poco, la muerte de dos madres: la de él y la patria entera.

Por fortuna los rituales son siempre producto de la sabiduría especulativa y no pocos ya esperaban los tormentos. Podría decirse que un adiestramiento colmado de eventualidades los tenía bien curtidos a todos y más lo curtió a su paso como a la piel de la abuela el sol y las mareas. La familia llegó a cuenta gotas, unos previamente y el tatuaje mariposa en el pecho, un día después de su muerte. Probablemente a ella ni la esperaba en el entierro. La caja fue rentada e incluía un bello altar de focos cirios y una cruz que removieron con cautela de sus rígidas manos al llevarla al crematorio. Por fortuna llegaron los nietos y alcazaron al verla cuando abría los ojos y las boca desde el ataúd y aquellas bolitas de papel insertadas en su fosas nasales comenzaban a dilatarse. El tío preguntó si no sería que le faltaba aire.

Ella quería ser ceniza con su esposo guardadita en una urna de la iglesia; ahí ella fue victoriosa en tanto que él prefería que lo esparcieran en la nieve o en las aguas. De modo que la llevaron al crematorio sin suponer que al regresar por ella abrirían las compuertas del horno y olerían el calcio calcinado de su madre. Ya había elaborado el hijo, dos horas antes al narrar la experiencia de un hombre tocado por un rayo, la expresión de un humano achicharrado. Para todos la explicación resultó por lo demás coincidente.

La pusieron entre flores en una cómoda del comedor que recorrieron varias charlas, camarones y cerveza. Un festejo por la vida y una gata que esperaba rumbo imitando a la abuela. Resulta probable que en algún momento la abuela haya caído en la gata y ahora viva en la Ciudad de México muriéndose de frío. Ya le prometí que nos cambiamos de casa pronto para asolearnos desde la cama y le pedí que no me asuste a los amantes. Creo que tenemos un pacto.

He notado que su ojo derecho lagrimea, quizá llorará por siempre y se hará de un buen parche, bóveda de un tormento eterno, una edípica pérdida del ojo como el saldo de un combate melancólico; quizá sea simplemente conjuntivitis. Ya noté que tiene frío y necesita un cuerpo vivo para hervir su sangre. Ya le comenté que no acostumbro dormir sola siempre y que si lo acepta vendrán buenas noches.

Yo ya sabía que sería truculenta esta nueva jornada y que si mueren los seres queridos es porque los vivos necesitan más aire. Lo había comprendido al estudiar los átomos, sobre todo porque el químico tuvo a bien, explicarnos la cuestión en términos amorosos. La gata apenas sobrevive y es que en esta casa somos tres y los rayos no calientan el suelo. De modo que peleamos el calor del sitio y encontramos en cualquier otra figura o argumento, una pugna por el aire que reside en este rumbo.

Yo me muevo para pronto: lo pide la gata, lo pide el honor y además una suerte de revolución que emprenderé el mes que viene. Ya me han dicho que nada cambia pero yo le creo a Mercedes Sosa y nunca me van a convencer de que ame al estatismo. Ya lo decían los horóscopos politeístas, tanto él como yo requerimos acto en mano, de modo que aquí no podremos calentar el aire.

Somos aves, respiramos viento y econtramos en la atmósfera viniles de infancia, somos niños por discernimiento atópico: La abuela, la gata y él que ahora puebla la mirada de Carmela y se aparece como sombra que quizá resulte cuerpo.

La noche es larga y dormiré con ellas que encuentran en mi regazo el refugio de un amor en estado de feto. Ya sabía yo que andarme sintiendo muy fértil recae en los hechos de manera sorprendente y que gracias al dispositivo llegará solamente a cygoto. Por lo pronto disfrutemos de la sangre que renueva la fauna de este reino con la muerte, ahí viene la revolución y se requiere un macho, una mascota y un recuerdo por el cual volar más alto.

viernes 20 de noviembre de 2009

De Jinetes

Refinar la negativa: Dominar el équido a horcajadas y dejarse caer sin temor a no ser el jinete. El cuadrúpedo seguirá andando con híbridas reseñas y herraduras, y aunque pueda seguírsele viendo caminar, más vale montarse en el lomo del presente.

Pero también hay que ser los ojos que él no puede: panorámico, que nunca habrá un sóla silla para ningún jinete y más vale dominar la maestría de cambiarse de silla al galope; por la única y sencilla razón de evitar el polvo de aquél que huye sin detenerse.

Sea como sea, alazán, tordo, albino, negro, palomino, el caballo es de quien lo ha montado. Ya llegará el momento en que broten las llagas del dorsal, pues ninguna espuela pasa sin dejar una huella profunda.

martes 17 de noviembre de 2009

Bolero del clueco

(porque ayer fue el canto)

Detrás de ti
una sombra cacareando huir
una noche que te sabe a sal
una luna sin verbo da igual

Detrás de ti
van los pasos de quien fuera ayer
gato entre hilo y a tejer
una historia con más de un final:

Si fue el
sol oceánico al atardecer
en invierno en ropa y ansiedad
cuando no estaba yo ahí

No lo sé, detrás
de mí en tu espacio truena
sin su palma vacía un arma –
vil violencia, pobre ya, hoy no vendrá;

Los objetos sin reclamo,
arenosas farolas, miasmas
de memoria de quienes escapa añejo
un olor semejante al de tu piel.

domingo 1 de noviembre de 2009

Cero

Día cero nuevamente; como aquél poeta que después de introducir su arte con prosa de poca elocuencia, remata un par de versos amorosos diciendo que nuevamente muere un amor eterno.
Así comienza pues el reinicio del desencuentro: como una nostalgia que se quiere hábito, como un hábito que habita en la melancolía; cero a medias que quizá los mayas contemplaron, fantasía teológica del ex nihilo, o bien memoria tapizada de consignas exhortativas cuando siempre se cree que se puede olvidar y partir de cero aunque siempre el cero se abra y se convierta en letra, trace su antaño en la grafía y reproduzca el origen, bálsamo epistémico del hombre.
De modo que ahora es futuro porque ayer hubo pasado y el presente se ahoga posible entre dicotomías; de modo que ahora la costumbre reproduce su secuencia y se transforma trágica como un destino audito y trazable, nombrable como los hechos mismos aunque siempre la palabra reine en su inconsistencia y del trecho al dicho haya hechos inconmensurables, latentes pero incomprensibles.
Epistemología del mutuo relacionarse consigo mismo y con el otro; lo cual procede de una guía de la observancia que casi nunca es conciencia de la vista sino reminiscencias que a su vez proceden de fitros psicológicos que trascienden a Freud y a Lacan. Quizá Deleuze podría salir al quite aunque el origen sea aún una premisa insoluble. Entonces salva la humilde resignación ante la pregunta del cómo, o cuándo, o por dónde empezar; sobre todo porque el comienzo es bagatela deductiva aunque para muchos el concepto no sea un indicio en lo absoluto.

lunes 12 de octubre de 2009

El almirante Noam y la hoja de acanto.

Entre su pupila y la inmensidad marina había más que un coqueteo, una conquista, un desafío azul como su eco: Jamás podrás poseerme, soy infinito.

El hombre trazó ejes y los dibujó entre sus planos tan reales como el aire y sus líneas de nubes.

Estaba convencido de que para abrazar el cinturón del mar no se necesitaban miles de barcas ni de vidas, no había siquiera que bucear entre la piel mojada de sus porosidades salinas. Todo lo que necesitaba era esa fórmula escondida en una gota, en la blancura y la transparencia de los rizos escurridos entre la arena.

Encontrada, al fin, la alquimia y la razón infinita, el almirante levó anclas hacia el horizonte de lo abstracto, llevando consigo una hoja de acanto, fría y marmórea, como prueba terrestre de ese otro viaje escrito entre las realidades y los vicios absurdos de lo concreto.

1.1. Escucha y la caverna

Después de varios meses de escuchar al maestro hablar sobre el labrado de columnas, sin contar siquiera con un boceto para el capitel, los discípulos dejaron de preguntar. Como cualquier cínico esperaría el paso de las semanas extinguió la interacción con sus compañeros y, al punto donde los días rozaron el borde de los siglos, bastaron tan sólo un par de segundos para abrir cavernas en su mirada.

El maestro sigue hablando. Ya ni siquiera recuerda que, si desea llegar al capitel, terminar la lección, primero habrá de sembrar el acanto, esperar sus flores, su muerte.

En los ojos de los pupilos escurre la ilusión del silencio, y cuando la luz no les pega, diminutas centellas atrapan la atención del curioso.

lunes 5 de octubre de 2009

1. Platón en la cueva o la propiedad de las palabras

Según el mito cavernícola de Platón, el maestro Sócrates se alumbró apenas salir de la caverna. De vuelta en la penumbra, les habló a los hombres de la luz. Qué dijo no sabemos, pero debemos creer que cualquier silencio hubiera sido preferible a su arrogancia retórica. El viejo Sócrates pudo haber señalado con el dedo, por las buenas o las malas, a sus concavernos y obligarlos a enfrentarse a ese sol con sus propios ojos.

Pero, en la realidad ¿Quién estaba adentro y quién afuera? ¿Cuál caverna? ¿Cuál luz? ¿Cuál sol? En esta versión eres tú y no yo el que se acurruca entre las tinieblas; soy yo el iluminado pero y ¿en la tuya?

El nihilismo y el Evangelio se miran en la luz ciega del espejo y las palabras apenas sirven para devorarnos.

martes 29 de septiembre de 2009

Hambrientos, I

Las ratas vuelan en busca de comida.
Nosotros perseguimos las nociones de sus alas
Sobre la banqueta de la avenida central.
"¿Dónde quedaron las migajas?",
Se dicen entre ellas.
Nosotros no escuchamos.
Seguimos tras ideas, con el estómago vacío.

viernes 25 de septiembre de 2009

líbranos de Dario

De nuestra vana palabrería, líbranos señor,
De confundir el automatismo de Bretón con el despilfarro,
De nuestros universos taciturnos,
Onanismo de intelectuales.

domingo 20 de septiembre de 2009

Voy con el dedo
preguntando a la pared,
si es éste el mismo ojo u otro ángulo
el que vio tu cuerpo abierto
trás de la noche exhausta
fatiga azul de nuestro sexo.

O si este otro refleja
la curva de tu espalda
mordida por mi sueño
manto plata de acechanza.

Recorre mi dedo y su palma
baja como niño interrogando
como sordo oyendo el eco
del silencio y de la calma.

El muro guarda con fiereza su secreto
con la misma voluntad
con que nuestra memoria
se aferra y se devana.